LAS 13 PUERTAS – El Renacer

El fuego es implacable y trabaja con furia devastadora. Su hambre y su sed de destrucción engullen con cálida pasión cada casa, cada negocio y cada rincón de Dulas. Las figuras que forman las llamas y danzan malévolamente parecen diabólicas bestias ansiosas por alimentarse de agonía y de muerte. Los cadáveres calcinados se consumen violentamente, desperdigados por las calles embarradas, desprendiendo un espantoso y nauseabundo olor que grita al ritmo del fuego anunciando un baile de caos y destrucción. Todo está siendo arrasado bajo una infernal lluvia de azufre. Un pueblo entero perece calcinado por completo y sus habitantes son exterminados sin compasión por una fuerza maligna a la que no le interesa hacer prisioneros. Todo está siendo  borrados del mapa y del recuerdo por una diabólica maquinaria de guerra infernal.

Al alba las llamas casi se habían extinguido por completo. Pequeñas hogueras aún con vida permanecían esparcidas por diferentes lugares pero la mayor parte del pueblo había quedado reducido a  grandes círculos de brasas dónde no hacía mucho, en esos espacios calcinados, se levantaban orgullosas las humildes casas de los habitantes de Dulas. La anciana Ma esperaba oculta a las afueras del pueblo escoltada por los jóvenes gemelos Kash y Babu. Los tres se mantenían muy lejos de las llamas pero aun así tenían que proteger sus rostros con pañuelos para amortiguar el asqueroso aroma que emanaba del lugar. El resto del grupo avanzaba con cautela, intentando permanecer ocultos lo máximo posible antes de entrar en el pueblo en busca de supervivientes. Las esperanzas de hallar a alguien con vida eran nulas y no se hacían ninguna ilusión al respecto. Al cabo de un par de horas, las cuales se hicieron eternas, el grupo había comprobado que no se corría ningún peligro. El pueblo se encontraba vacío a excepción de los cadáveres chamuscados que se consumían esparcidos por los rincones mas insospechados. El silencio solo era roto por el crepitar de un fuego que se había tragado los últimos estertores, los agónicos aullidos finales de todos los habitantes de un pueblo.

Todos se reagruparon en la plaza mayor, dónde no hace mucho los sábados se organizaba un mercado, dónde los juglares que pasaban por el pueblo mientras iban de gira interpretaban sus obras de teatro y sus juegos malabares y dónde los niños jugaban sin miedo ni preocupaciones. Todos esos recuerdos también habían sido pasto de las llamas. Ma dio orden de que recuperaran todo lo que les fuera útil y pudieran llevar con ellos. Para recoger todo lo demás y realizar un velatorio digno para los fallecidos se enviaría a un grupo que hiciera el trabajo. Lo más urgente era localizar el cuerpo de Lucky y los viejos libros que guardaba Saul en las bodegas subterraneas de la taberna.

Más de mediodía permaneció la expedición en Dulas y cuando la noche ya había vencido al escaso y pálido sol el grupo emprendió la marcha de vuelta a las montañas. El viaje a las cuevas se realizó en un amargo silencio interrumpido únicamente por unos ensordecedores truenos que hacían temblar y resquebrajarse hasta las entrañas de la tierra. De los ojos de Ma brotaban tristes lágrimas que se deslizaban sobre sus mejillas con melancolía mientras su mirada continuaba fija en la mortaja que envolvía el cuerpo inerte de Lucky. Los pequeños Kash y Babu tiraban de la carreta que transportaba el cadáver mientras Ma viajaba en el interior de la misma velando en silencio sobre el cuerpo inerte de Lucky. La travesía hacía las cuevas trancurrío sin más sobresaltos por caminos desconocidos y sendas ancestrales y ocultas a simple vista. La lluvia y los animales que corrían como posesos por guarecerse de esta eran los únicos sonidos que acompañaron a los viajeros.

El ambiente en el interior de la cueva era fresco y húmedo. El lugar estaba tristemente  iluminado por media docena de antorchas distribuidas por las acuosas paredes y una pequeña hoguera que crepitaba en el centro. Sobre un altar de fría piedra descansaba el cuerpo ya desnudo y limpio de Lucky. La sombra que proyectaba sobre las paredes gracias al efecto de las llamas de la hoguera ofrecía un efecto óptico que simulaba un cuerpo aun con vida. La anciana Ma vestía una túnica blanca de seda transparente y su cabeza estaba adornada con una corona de flores salvajes. Permanecía en silencio con los ojos cerrados frente al cuerpo inerte de Lucky. No había nadie más en la cueva. La anciana comenzó a entonar un cántico, casi inaudible, mientras acariciaba con sus viejas y ajadas manos el torso del cadáver. Se detenía sobre los orificios producidos por los balazos y recitaba con precisión algún tipo de salmo ceremonial atávico. Tras las oraciones y los canticos rajó los orificios de las heridas con una pequeña daga de plata haciéndole dos cortes en forma de equis a cada agujero producido por las balas. Una vez hecho eso, comenzó a deslizar un pedazo de piedra imanada sobre la herida del hombro hasta que consiguió llevar la bala que descansaba en el interior de la herida hacía los cortes que ella le había hecho y de esa manera poder extraer el proyectil. Repitió esa operación en los todos y cada uno de los  balazos que habían terminado con la vida de Lucky. Una vez finalizado el trabajo de extracción de las balas limpió de nuevo el cuerpo, sofocó la hoguera extendiendo sus brasas alrededor del altar de piedra y salió de la cueva apagando tras su paso todas las antorchas encendidas.

Anuncios